En este contexto institucional tan adverso para el āviejo y aƱejoā Sindicalismo, Āæcómo explicamos entonces las cifras del Barómetro del trabajo sobre el sindicato?. A nuestro entender, al menos dos razones explican esa percepción del 88% que se autoclasifica como clase trabajadora. Una, la fuerza simbólica que tiene el sindicato en nuestra sociedad.
Se dio a conocer la cuarta edición del Barómetro del trabajo (junio 2020), estudio realizado por MORI y fundación FIEL, con el apoyo de la fundación FES. El estudio si bien contiene preocupantes datos sobre la insuficiencia de las medidas de ayuda del gobierno, profundización de la desigualdad y desprotección en tiempos de pandemia, contiene tambiĆ©n información relevante para los trabajadores, de cara a la legitimidad de los actores sociales para la discusión de las medidas sociales, polĆticas y económicas que se pretendan adoptar post crisis: Los sindicatos son la quinta institución (de un listado de 16) en la que mĆ”s confĆan los trabajadores y trabajadoras y 67% cree que los sindicatos son igual o mĆ”s indispensables en tiempos de pandemia.
Estas cifras contradicen categóricamente la visión que excluye al sindicalismo en el Ć”mbito del trabajo y como sujeto polĆtico fundamental para la democracia, tal como ha ocurrido en la discusión de las medidas gubernamentales adoptadas para enfrentar la pandemia. Es sabido que desde los 80ā el neoliberalismo iniciado por la era Reagan/Thatcher deslegitimó e hizo desmoronar los conceptos hasta entonces tan sólidos de Ā«pĆŗblicoĀ» y Ā«socialĀ», alterando de forma radical la correlación de fuerzas entre polĆtica y mercado (Baylos 2010). Desde entonces, de forma menos explĆcita en algunos lugares del mundo (socialdemocracias europeas) y mucho mĆ”s explĆcita en otros (paĆses latinoamericanos), el discurso polĆtico predominante y las polĆticas pĆŗblicas han pretendido deslegitimar al sindicato, intentando excluirlo primeramente de las definiciones estratĆ©gicas de la empresa, para luego vetarlo en la discusión polĆtica. Esa estrategia ha abarcado diversas formas, desde golpes militares, reformas laborales, hasta definiciones editoriales y comunicacionales promovidas por los dueƱos del capital (que lo son tambiĆ©n de los medios tradicionales y masivos de comunicación).
En Chile, dicha estrategia se inició con el golpe militar, con asesinatos y graves violaciones a los derechos humanos cometidos por los militares en contra de dirigentes y dirigentas sindicales. Sin embargo, la dictadura no sólo desplegó toda su brutalidad inicial contra el sindicalismo, sino que ademĆ”s cuando hacia 1977 y 1978 se reconstituyeron las primeras siete federaciones sindicales, el rĆ©gimen militar las disolvió, confiscó sus bienes y encarceló a sus dirigentes. Finalmente, la adopción de un Plan Laboral antisindical que impidiera al sindicalismo ser sujeto polĆtico y un āarma efectivaā para alterar la distribución de los frutos del trabajo (en palabras de su creador Jose PiƱera) fue la guinda neoliberal de la dictadura contra la organización colectiva.
En democracia, y a pesar de las promesas contenidas desde el primer programa de gobierno de los partidos de la concertación, la estrategia hacia el sindicalismo no cambió sustantivamente. Si bien se realizaron reformas legales (2001) y se adoptaron convenios internacionales (87 y 98 de la OIT) que pretendieron dar mayor protección y valor al sindicato, los alcances no reconfiguraron su rol e incidencia en la gobernanza de las relaciones laborales ni en la discusión polĆtica, todo lo cual siguió y sigue siendo condicionado por las reglas constitucionales y legales del Plan Laboral de la dictadura. La Reforma Laboral de Bachelet II si bien pretendió alejarse de esta estrategia, sus pretensiones terminaron siendo limitadas por la falta de convicción de algunos sectores gobernantes y por un Tribunal Constitucional que actuó en defensa de los idearios de la derecha que pidió su intervención.
Por cierto el Gobierno actual ha seguido con la estrategia que excluye al sindicalismo en el Ć”mbito del trabajo y como sujeto polĆtico fundamental para la democracia. Todas sus iniciativas (mesas āsindicalesā sin actores representativos, menosprecio de instancias tripartitas como el Consejo Superior Laboral y proyectos de ley que la FIEL ha denominado Plan Laboral 2.0.) siguen el mismo derrotero, aunque el discurso pĆŗblico ahora es menos āpolitizadoā que el de la dictadura, ya que esta vez se le imputa al sindicato ser una estructura anquilosada incapaz de adaptarse a la transformación del mundo del trabajo que estĆ” provocando la tecnologĆa. Para que decir la nula participación que se le ha dado al Sindicato en el marco de las polĆticas adoptadas para afrontar la pandemia, lo que tiene al Gobierno y al gran empresariado con una nula valoración social: 72% sostiene que las ayudas del gobierno han sido insuficiente y 73% que los empresarios han hecho poco o ningĆŗn esfuerzo para proteger los puestos de trabajo (Barómetro del trabajo junio 2020)
En este contexto institucional tan adverso para el āviejo y aƱejoā Sindicalismo, Āæcómo explicamos entonces las cifras del Barómetro del trabajo sobre el sindicato?. A nuestro entender, al menos dos razones explican esa percepción del 88% que se autoclasifica como clase trabajadora. Una, la fuerza simbólica que tiene el sindicato en nuestra sociedad. En efecto, nuestro movimiento sindical cuenta a su haber con una tradición ininterrumpida (en dictadura jugó un papel relevante de confrontación al rĆ©gimen militar) de representación de los intereses sociales y polĆticos de las clases populares, mĆ”s allĆ” de aquellas solamente laborales (Campero 1991). La segunda, ya que en crisis como las que actualmente se viven en el mundo, con fuertes golpes al trabajo asalariado, el sindicato actĆŗa como una especie de primera lĆnea de contención de los abusos laborales y de solidaridad y colaboración mutua con sus asociados.
En ese contexto, no es de extraƱar que los sindicatos sean la quinta institución (de un listado de 16) en la que mĆ”s confĆan los trabajadores y trabajadoras y que el 67% crea que los sindicatos son igual o mĆ”s indispensables en tiempos de pandemia. Si bien son cifras positivas para el mundo sindical, las mismas imponen una responsabilidad gigantesca al sindicalismo, pues es evidente que la crisis sanitaria profundizarĆ” fenómenos que ya se venĆan sucediendo en las relaciones laborales, que presionan fuertemente hacia la informalidad y la precariedad de los trabajadores y trabajadoras. En un paĆs con tasas de informalidad del 41%, de sindicalización cercanas al 20% y con una cobertura de los contratos colectivos a penas del 12% (OIT 2016), urge reconfigurar el rol e influencia de la organización colectiva. Los trabajadores tenemos una oportunidad en los marcos de una Nueva Constitución que sigue siendo ciudadanamente prioritaria (78% segĆŗn el Barómetro).
Fuente: La voz de los que sobran




